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Para Claudia Sheinbaum, eliminar a los cárteles también tiene un precio político.

Parece que el presidente Donald Trump no puede dejar de amenazar con ataques a los narcotraficantes mexicanos. Ha insistido repetidamente en desplegar tropas estadounidenses en México para “acabar con los cárteles” que trafican fentanilo y otras drogas a través de la frontera. Pero tiene un problema: la presidenta Claudia Sheinbaum dice que no.

“Es una buena mujer”, dijo Trump a Fox News el mes pasado, y dejó claro que no la incluía en la misma categoría que Nicolás Maduro, el líder venezolano que fue capturado por las fuerzas estadounidenses y que ahora se encuentra en Nueva York acusado de narcotráfico. La vacilación de Sheinbaum, afirmó, se debe más al miedo que a la complicidad. “Le tiene mucho miedo a los cárteles”, dijo. “Los cárteles gobiernan México; ella no gobierna México”.

Los cárteles de México son, en efecto, muy peligrosos, pero Trump parece no entender qué hace que las redes de delincuencia organizada del país sean una amenaza tan persistente. En los 12 años que he cubierto México como periodista, he aprendido que la fuerza por sí misma no puede acabar con los cárteles. El problema no es simplemente que los grupos de narcotraficantes ataquen al Estado. Es que a menudo forman parte de él. Al igual que otros partidos políticos de México, Morena, el partido de Sheinbaum, tiene múltiples miembros prominentes que enfrentan graves acusaciones de vínculos con el crimen organizado. Combatir a los cárteles no solo implica enfrentarse a los narcotraficantes. Para Sheinbaum, podría significar desmantelar los cimientos del poder local en México, y enfrentarse a miembros de su propia coalición.

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